El pasado 7 de enero se llevó a cabo el foro «Agresión yanqui contra Venezuela: Repercusiones para Latinoamérica y el mundo», con el objetivo de compartir impresiones, reflexiones y análisis sobre la intervención militar de EUA en Venezuela en la madrugada del 3 de enero, operación en la que una fuerza delta sustrajo de manera ilegal al presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Como consecuencia de la agresión resultaron 100 personas muertas, entre civiles y militares, y una cantidad similar de heridos, según cifras contabilizadas por el Gobierno de Venezuela.
En el foro organizado por organizado por el Movimiento Socialista del Poder Popular, sección mexicana de la Cuarta Internacional, y la Coordinadora Nacional de Usuarios en Resistencia, participaron como ponentes Luis Bonilla, historiador venezolano, integrante del Comité Directivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Socialesy militante internacionalista en Comunes; y César Enrique Pineda, académico, analista político y activista mexicano.
Luis Bonilla dividió su exposición en dos partes, la primera correspondió a una mirada histórica sobre Venezuela con el fin de identificar los momentos que llevaron a una crisis económica y política al país sudamericano; para después abordar el tema de la invasión. Bonilla expuso que en el siglo 19 se descubrió petróleo en Venezuela, y a finales de ese siglo se lleva a cabo la llamada Revolución Restauradora, encabezada por Cipriano Castro. En 1908, se da un golpe de Estado dirigido por Juan Vicente Gómez, suceso que da paso a «la estructuración de la producción petrolera, que implica también un volumen de ingresos al país muy grande que no conocía un país agrícola, y el excedente de la renta petrolera hace que los viejos latifundistas comiencen a convertirse en la nueva burguesía acumuladora».
Bonilla explicó que la acumulación de riqueza por parte de esta nueva burguesía se dio partir de un modelo de acumulación rentista, que se basó en la importación y la renta petrolera, destruyendo la producción nacional y favoreciendo a una burguesía dependiente de divisas preferenciales. Dicha destrucción de la producción nacional se profundizó a partir la revolución democrática burguesa del 1958. A raíz de la caída de los precios del petróleo y la crisis de la deuda externa, Venezuela entra en una crisis que desemboca en el famoso viernes negro que implicó «una devaluación brutal, la primera gran devaluación de la moneda venezolana, una crisis general que es transferida al pueblo».
En el contexto de esta crisis, el candidato socialdemócrata Carlos Andrés Pérez anuncia la aplicación de un paquete neoliberal, mismo paquete que aplicó en México Salinas de Gortari, lo que provocó una gran revuelta social conocida como el Caracazo en 1989, que rompió el consenso social y el modelo de Estado.
Las insurrecciones militares de 1992 expresan ese agotamiento. Del fracaso de los dos intentos de golpe de Estado surge una convergencia entre militares, movimientos sociales y la izquierda, que desemboca en la candidatura de Hugo Chávez a través del movimiento Quinta República, construyendo una plataforma electoral y construye un programa político de carácter policlasista que fue la agenda alternativa bolivariana». Bonilla explicó que esta agenda apelaba a la destrucción de la vieja burguesía, que acusa de ser dependiente a los Estados Unidos, para fortalecer una nueva burguesía de carácter nacionalista.
Chávez gana la presidencia en 1998 con un discurso de “tercera vía” y “capitalismo humano”. Ya en el poder, impulsa un proceso constituyente, lo que provoca la ruptura con sectores de la burguesía que lo habían acompañado y el golpe de Estado de 2002, revertido por la movilización popular.
Tras el golpe, Chávez radicaliza el proceso: impulsa el poder popular, pero también fomenta una nueva burguesía ligada a militares y funcionarios públicos, generando un proyecto policlasista dual. En 2005 declara el rumbo socialista, pero las tensiones estallan con la crisis bancaria de 2009. La enfermedad y muerte de Chávez dejan ese equilibrio sin conducción.
Con Nicolás Maduro, según el analista venezolano, se abandona el proyecto democrático-popular y se prioriza la consolidación de la nueva burguesía, proyectó que pasa por destruir las representaciones políticas de la vieja burguesía a través de la intervención en los partidos políticos de oposición que desató conatos de guerra civil. De igual manera, implicó la sofocación de la izquierda y el movimiento sindical, y un acercamiento progresivo a Estados Unidos. Las sanciones desde 2017 agravan la crisis económica, pero el autor sostiene que el problema central es la concentración del ingreso hacia arriba, con salarios extremadamente bajos.
La guerra de Ucrania reabre la importancia estratégica del petróleo venezolano para EUA, lo que lleva a una relación pragmática con el gobierno de Maduro. Tras las elecciones de 2024, el deterioro social es profundo. Con el regreso de Donald Trump, se reactiva una política agresiva basada en la Doctrina Monroe, centrada en el control del petróleo venezolano.
Es en ese escenario, como describe Bonilla, que se da una escalada militar estadounidense, incursiones aéreas previas sin respuesta venezolana y, finalmente, una intervención directa que culmina con la captura de Maduro. Trump anuncia un gobierno tutelado y la administración directa del petróleo, configurando un protectorado neocolonial.
Para finalizar su intervención, el investigador y militante venezolano planteó que la situación venezolana no es solo nacional, sino parte de una ofensiva regional contra América Latina. Más allá de las críticas al madurismo, el autor llama a priorizar la defensa de la soberanía e independencia nacional, y a una unidad continental para frenar un nuevo ciclo de recolonización liderado por Estados Unidos.
El académico Enrique Pineda centró su exposición en la tesis de que el mundo atraviesa “el fin del orden internacional tal y como lo conocíamos”, y que reducir lo ocurrido a Venezuela o a la figura de Maduro es un error analítico. El investigador enfatizó que lo que está en juego es una crisis global del liderazgo estadounidense, que no implica el fin de su poder, sino su transformación: “no ha terminado el poder de Estados Unidos, sino que ha iniciado la era de una dominación imperial desnuda”.
Pineda distingue entre hegemonía y dominio: Estados Unidos habría perdido la hegemonía —entendida como liderazgo basado en consenso— pero conserva y radicaliza su capacidad de coerción. En paralelo, se estaría cerrando el ciclo histórico del neoliberalismo, no hacia una alternativa progresiva, sino hacia algo “aún más a la derecha, aún más dominante y de corte imperial”.
Para explicar esta mutación, el académico identificó cuatro fallas estructurales del neoliberalismo: La desregulación financiera, que llevó a la crisis de 2008 y al sobreendeudamiento estadounidense; La apertura comercial, que concentró capitales, destruyó industrias y empleo, incluso en Estados Unidos, alimentando el descontento social; La globalización institucional, hoy en crisis porque EUA “patea la institucionalidad trasnacional que él mismo creó”; y las “democracias de mercado”, vaciadas de redistribución, que generaron rechazo popular y deslegitimación democrática.
De esta crisis ha emergido una salida extremista, representada por Donald Trump, que capitaliza malestares reales pero los canaliza contra migrantes y enemigos externos. Esta nueva etapa se caracteriza por el hiperestractivismo, la destrucción de regulaciones ambientales y sociales, y el abandono de garantías básicas como el hábeas corpus, cruzando “un umbral gigantesco” hacia prácticas abiertamente autoritarias.
En este marco, Venezuela aparece como símbolo y punto de inflexión: no solo un conflicto nacional, sino la manifestación del fin del orden liberal estadounidense construido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en el Pacto Capital-Trabajo y el reconocimiento formal de la autodeterminación. Hoy, ese pacto estaría definitivamente roto.
Pineda advierte que Trump impulsa un nuevo orden mundial basado en derechos extraterritoriales, pues básicamente el mandatario ha declarado que “vamos a tomar cuando queramos, donde queramos, porque tenemos la fuerza”. Así como en el control directo de recursos estratégicos, la exigencia de una “renta mundial” a otros países y el desmantelamiento de organismos internacionales como la ONU y la OTAN.
Todo ello configura lo que el investigador llama un “despotismo global”, una imposición unilateral basada en la fuerza. Sin embargo, señala que este proyecto es inestable y ya genera resistencias: movilizaciones en Estados Unidos, rechazo diplomático internacional y protestas globales.
Pineda concluyo con un llamado urgente a la movilización popular internacional, afirmando que “es el momento de las calles” y que solo la acción coordinada de los pueblos puede impedir que se consolide una salida autoritaria aún peor que el neoliberalismo: “si el neoliberalismo era malo, este autoritarismo es aún peor”.






